Entrevistas Exclusivas Noticias

Entrevista a Quim Masferrer: «El teatro es compartir» (Exclusiva)

Joaquim Masferrer i Cabra, más conocido como Quim Masferrer, es un actor y director de teatro, guionista y presentador de televisión. Si algo me ha quedado claro después de realizar esta entrevista es que ninguna de estas etiquetas le gustará para definirle; así que yo le describiría como un artista y amante de las artes escénicas, alguien que disfruta haciendo su trabajo y conociendo historias vitales. Nació predestinado a seguir el negocio familiar, pero decidió romper con ello para hacer lo que realmente le gusta en la vida, comunicar. Ha colaborado y presentado diferentes programas de televisión y radio en TV3, RAC 1 y Catalunya Ràdio por los que ha ganado diferentes premios a nivel nacional. Además, ha realizado numerosas obras de teatro en las que, en su inmensa mayoría, ha sido autor, director y actor.

En esta entrevista, que desgraciadamente tuvimos que realizar por videollamada a causa de la situación del coronavirus, en pleno confinamiento a finales de abril de este mismo año, hablamos de la vida. Personalmente, creo que ha sido una de las entrevistas más bonitas que he realizado. Y la razón de ello es que, además de haber hecho un recorrido por la vida de Masferrer, también pudimos hacer distintas reflexiones de la vida, de lo que nos rodea y de quienes somos. Quim no lo tuvo fácil para dedicar su vida a lo que es hoy en día, pero desde bien pequeño logró hacerlo. Todo ello se resume en querer comunicar y compartir historias, de las que me dejó sorprendido con particulares anécdotas vividas en El foraster, Bona gent y La marató. Además, también hablamos de cómo le ha afectado el coronavirus, personalmente y profesionalmente, y de su amor por el arte, rompiendo con los límites que, desgraciadamente, hay a causa de las ideologías políticas.

Si pudiera resumir la entrevista y, en consecuencia, lo que representa Quim Masferrer en 4 palabras, serían: ‘gente’, ‘historias’, ‘compartir’ y ‘aprender’. Quim es un gran profesional de la vida, un profesional el cual su escuela y formación han sido, y lo siguen siendo, las historias de cualquier persona con la que se encuentra y, generosamente, se las cuentan. Porque toda persona tiene una gran historia a sus espaldas, por mucho que a veces no lo sepamos ver.

Tu carrera comenzó en 1998, año en el que fundaste la compañía teatral Teatre de Guerrilla. A partir de entonces, has participado en proyectos muy diversos, aunque manteniendo siempre tu característico humor. ¿Aspirabas a llegar donde te encuentras hoy en día?

Antes de Teatre de Guerrilla, yo estudié en otras dos compañías de teatro. Yo creo que mi carrera artística empezó desde muy pequeño. A los 12 años ya escribí mi primera obra de teatro, no fue a nivel profesional porque estudiaba la EGB, pero mi vocación era desde muy pequeñito. Sí que es cierto que en Teatre de Guerrilla fue el ‘boom’, en el año 1998, estrenamos un espectáculo que se llamaba ‘Teatre total’, el cual triunfó en Tárrega. Así que a partir de 1998, puedo decir que me he podido dedicar profesionalmente al teatro, pero creo que mi carrera viene desde mucho antes. Así que no sé cuándo empezó mi carrera, es un tema muy vocacional, pero con 14 años ya tenía una compañía en la que hacíamos animación en la calle y pregones en los pueblos. No teníamos ni carnet de conducir, íbamos en moto a hacer actuaciones que ni cobrábamos, solo a cambio de la cena, que eran unos bocadillos y unas latas de Coca-Cola o cerveza. Ese era nuestro caché (entre risas).

En cuanto a lo de mi aspiración, la verdad que no lo sé. Lo que sí que aspiraba es a poder ganarme la vida con lo que me apasiona, que es escribir obras de teatro y comunicar; ya sea a través de una obra de teatro o ante una cámara de televisión. Lo que realmente me fascinó fue cuando descubrí que esto era un trabajo. Porque cuando tenía 8 o 9 años, fui a ver una obra de teatro que me fascinó. Ver a un grupo de gente, en un día laborable, que venían a mi pueblo a hacer una obra de teatro, y ese era su trabajo. Así mi éxito era ganarme la vida, que solo tenemos una, con mi pasión. No sé si me lo esperaba, pero luché por ello. Y ahora me siento muy afortunado, ya que, desgraciadamente, no todo el mundo puede ganarse la vida haciendo lo que le gusta; así que soy un privilegiado. No hablo de popularidad, sino que puedes hacer lo que te gusta y tu trabajo es remunerado. Mi trabajo se confunde con mi vida diaria, porque lo disfruto.

¿Ser actor es una ilusión que tenías desde bien pequeño o ha ido surgiendo con el tiempo?, ¿siempre lo tuviste fácil llevarlo a cabo?

Antes había La xarxa, unos espectáculos infantiles que iban por los colegios haciendo teatro infantil. Y ahí hubo un antes y un después. Yo quedé fascinado con esta obra de teatro. Le pregunté a mi maestra si realmente era un oficio eso, y ahí despertó una cosita en mí. Me encantó que alguien de fuera de mi pueblo, llegara, llenara un teatro lleno de niñas y niños y se lo pasaran en grande; haciéndonos reír y emocionarnos. Además, yo estaba muy encasillado con los oficios, porque mi padre era agricultor, mi madre era cocinero, o mi tío carpintero… y esos eran mis oficios. Y, de repente, llegó uno nuevo. A los 12 años escribí mi propia obra en el colegio, a los 14 fundé con dos compañeros mi primera compañía de teatro, a los 20 me fichó una compañía de teatro profesional… hasta que fundamos Teatre de Guerrilla. Así que me viene de muy pequeño.

Fácil no fue todo esto, ya que tenía una tradición familiar de restauradores y yo estaba predestinado a seguir con el negocio familiar. Yo estudié turismo, ignorando que el teatro se podía estudiar. Y estoy contento de no haber estudiado teatro académico, sino teatro más visceral, que es realmente donde hay propuestas diferentes. Pero claro, de golpe y porrazo, me planté en casa diciendo que no quería seguir el negocio familiar y que quería ser actor, y esto fue un batacazo a nivel familiar. Mi pueblo es muy pequeño, me gustaba el teatro, pero no sabía cómo hacerlo. Así que no fue nada fácil, fue una decisión muy personal, y teniendo la sensación de estar haciendo algo malo. Fueron momentos complicados, pero en los que yo me dije a mi mismo: “de vida solo hay una”. Hasta los 24 años no cobré por actuar, y tenía que estar trabajando los fines de semana de camarero para poder tener una nómina. Mis años 20 fueron complicadísimos a nivel económico. Yo no podía dejar de trabajar de camarero, porque no tenía dinero para llegar a final de mes. Este trabajo es de los pocos a los que estás dispuesto a trabajar sin cobrar. Si te proponen algo, y no hay presupuesto pero sí pasión, lo harás. Es un trabajo muy pasional y vocacional, como es el caso de algunos médicos y enfermeros en esta situación de la Covid, o el de maestro o periodista.

Hemos podido verte en teatro, televisión y radio. ¿En qué escenario te sientes más cómodo?, ¿con cuál de ellos te quedarías?

Creo que ‘comunicador’ se ajusta más a lo que soy. Porque soy actor de teatro, pero también presentador de televisión, también he trabajado en radio y, como decías, también he sido autor… ¿qué soy? (entre risas). Así que creo que soy comunicador, recibo historias y las puedo compartir, un verbo que me gusta mucho, compartir historias. Por tanto, cualquier escenario, siempre y cuando te permita esta comunicación. Pero si me dijeras: “Quim, te pongo una espada en el cuello y tienes que elegir uno”, yo me quedo siempre con el teatro, por una cuestión de directo. Porque el teatro es la fascinación de alguien que cuenta una historia y hay un grupo de gente que se desplaza para escuchar una historia que va a contar una persona o un grupo de personas desde un escenario. Respirar el mismo oxígeno entre público y actor es fantástico. Mi abuela me contaba cuentos y leyendas al lado de la chimenea de casa, y mi abuela hacía teatro; solo iluminada por las llamas del fuego y yo escuchándole… eso era teatro. Por tanto, si tuviera que escoger una disciplina, lo haría con el teatro. Cosa que, ahora con el coronavirus, no podemos hacer; reunir a gente en un mismo lugar para contar historias. El coronavirus nos ha quitado la magia del teatro. En cambio, sí podemos hacer televisión, entrevistas o radio. Así que por eso me gusta el teatro, por los motivos que ahora no se puede hacer, que es compartir el aire, compartir células, compartir virus. El teatro es compartir virus, una frase que no había dicho nunca. Ahora, tendremos que reinventarnos.

Además de actuar, también eres autor y director en la mayoría de las obras. ¿Te sientes más cómodo trabajando en proyectos que tú mismo diriges?

Sí. Yo es que no soy autor, yo escribo. La palabra ‘autor’ tiene mucho peso. Además, yo escribo de una forma muy orgánica. No hago literatura, yo vomito textos. Siempre paso los textos de mis espectáculos y son infumables si solo los lees; no entiendes nada, está mal escrito y son un cúmulo de ideas ahí puestas sin literatura. Así que la palabra ‘autor’ tiene mucho peso. Yo admiro a los novelistas y a la gente que es capaz, a través de la literatura, contar historias. Yo soy incapaz de hacer eso. En cambio, yo tengo una cosa y es que me encanta bajar proyectos y, a partir de mis inquietudes, encontrar la fórmula para contarlas. Lo hago a través de vomitar en un folio en blanco, y luego improviso en el escenario, y la idea en vivo le da mil vueltas a la embrionaria. Por tanto, me encanta este proceso de un día pensar: “¡qué injusto es esto!” y, a través de los escenarios, poder denunciar, criticar o comunicar este pensamiento o preocupación que, la mayoría de veces, es compartida por la mayoría de personas. Y de plasmarlo en un folio en blanco, a salir al escenario y, sumando a todo un equipo de iluminación, escenografía… y, de golpe y porrazo, se transforma en una hora y media de espectáculo a partir de aquella idea que tuve un día. Este proceso, para mí, es extraordinario, cuando ves que va cogiendo forma. Ver que a esa idea le puedes poner un título, y ver que la gente gasta su dinero y tiempo para escuchar una paranoia tuya. Así que, ¿soy autor?, evidentemente, sí.

El foraster es un programa donde el humor y las personas, de distintos pequeños pueblos, se convierten en los verdaderos protagonistas en cada una de las entregas del formato. ¿Crees que debe haber un límite entre el humor y momentos delicados donde predomina la emoción?

No creo que deba haber límites ni en el humor ni en lo que explicas. Si hay una palabra que define mi trabajo es la libertad. La libertad de contar historias y la libertad escénica. Por tanto, no hay que poner límites. Solo uno, el sentido común. El foraster es un cúmulo de sensaciones al que no hay que ponerle peajes ni barreras. En este programa puedes estar riéndote de una persona, de su locura o de lo que te está contando y, de golpe y porrazo, giras la esquina de una calle, y te cuentan una historia que te toca y te emociona, gracias a la generosidad de una persona. A eso no hay que ponerle límites, pero sí es verdad que, con sentido común, hay veces que no me sale hacer humor de algo por los motivos que sean. Pero la palabra ‘libertad’ en las artes escénicas, ante una cámara, para mí es básica. Y por eso me dedico a este trabajo. El foraster es un flujo de emociones en el que el protagonista no soy yo, es la gente. No son personajes, son personas. No te cuentan leyendas como hacía mi abuela al lado de la chimenea, sino que te cuentan sus verdades. Y eso, a veces, se transforma en humor, pero sin reírse de nadie, se ríe con todo el mundo. Y se emociona con las historias que son de verdad. El foraster es generosidad, por parte de toda la gente que son los protagonistas, el programa es tan solo un interlocutor. Permite conocer pueblos y sitios a través de su gente.

Quim Masferrer en ‘El foraster’ de TV3.

Tanto en El foraster como en tus obras teatrales siempre has mostrado una especial cercanía por la gente, además de ser siempre muy espontáneo. ¿Te sientes más cómodo actuando sin guion?

Depende del espectáculo. Muchas veces el guion te tiene un poco encarcelado y no tienes puertas abiertas a que pasen cosas nuevas. Por ejemplo, en El foraster yo puedo llegar a un pueblo y saber 2 o 3 historias interesantes, pero no puedes cerrarte la puerta al azar. La gran mayoría de historias del programa han salido de la improvisación, porque tras la improvisación hay verdad. Muchas cosas no están previstas, y con esto me siento muy cómodo. No saber qué pasará. Muchas veces El foraster se alimenta de errores míos, de una pregunta mal hecha que te lleva a otro sitio muy interesante. En este programa hemos enseñado a mí resbalándome, en el suelo, yo cansadísimo, o acojonadísimo porque un chaval con parapente me está haciendo acrobacias. Yo podría editarlo todo, porque es un programa grabado, sacando cuando salgo mal o tengo miedo, pero El foraster es humano y hay que enseñar todas esas cosas que son verdad. Así que en la improvisación me siento muy cómodo. Aunque sí es verdad que he hecho espectáculos de teatro en los que hay mucho guion detrás, y creo que en cada caso tiras del hilo de lo que necesitas para contar lo que quieres contar. En El foraster hay una parte de improvisación, que es toda mi estancia en el pueblo, y una parte guionada, que es la parte del monólogo, aunque sí es cierto que sin cerrar ninguna puerta y en cualquier momento pasan cosas en el monólogo que aparece, de golpe, la verdad; la improvisación. ¿Tenemos un guion en la vida? Hay quien dice que sí, pero, con el azar, no sabemos nunca qué puede pasar. ¿Alguien se imaginaba hace unos meses que llevaríamos 40 días encerrados en casa? Es la vida. Por tanto, muchas veces aplicas lo que pasa en la vida en tu disciplina, en mi caso con las artes escénicas. Es lo más coherente, mi fuente de inspiración es el ser humano, en todos mis espectáculos y trabajos de televisión. Esto es la vida.

Como dices, a lo largo de nuestra vida, nunca dejamos de adquirir conocimientos y crecer personalmente. ¿Qué has aprendido tú de las personas rodando El foraster?

Muchísimas cosas. Mi pasión es conocer gente y, cuando conoces gente, aprendes constantemente y puedes compartir esos conocimientos. La verdad es que he aprendido de cada una de ellas. Cuando surgió El foraster, TV3 compró la idea, y empezamos a hacer el piloto, acababa de iniciar un proyecto en el que iba a conocer pueblos pequeños a través de su gente. Y, un día, fui a ver a mi padre, que estaba en el huerto trabajando, y le comenté que iba a hacer este programa y se lo describí. Mi padre, que estaba con la azada dándole a la tierra, se levantó de golpe, me miró, levantó el dedo y me dijo: “Quim, si vas a pueblos pequeños, sobre todo, ve con ganas de aprender y no con ganas de enseñar. Si vas con ganas de aprender, la gente te enseñará”. Aprender, ese consejo me lo dio un agricultor, alguien que no tiene ni pajotera idea de artes escénicas ni de comunicación; mi padre. Este consejo lo encuentro extraordinario, quizá el mejor consejo que me hayan dado; y mira que me dieron muchos gente del mundillo. Consejos que me han ido bien, pero este de mi padre creo que es la clave. He aprendido de todas las personas que me he ido encontrando. Vuelve a aparecer la palabra ‘verdad’, y es lo que intento transmitir a todos los espectadores. Transmitir que aprendo y disfruto.

¿Podrías explicar alguna anécdota que te haya surgido en tu trayecto profesional?

Justo El foraster se nutre de anécdotas, una detrás de otra. No son anécdotas, pero hay experiencias brutales como la historia de Pepe, de Castellfullit de la Roca. De repente, te encuentras a un señor al lado de Olot, a 100 kilómetros del mar, construyendo un barco en el patio de su casa, que te cuenta que está construyendo un catamarán con sus propias manos, y que va a cruzar el Atlántico, hasta San Blas, porque está enfermo de cáncer y su ilusión es cruzarlo solo. Y dices: “¡os-tras!, ¿hay cámaras aquí que me están grabando?, ¿es el guion de una peli?”. Esto no es una anécdota, es una pasada. Y de conocer a Pepe, que no le conocía de nada, de repente, pasa a ser un amigo. Alguien que te cuenta esto, y sé donde está ahora, sé que no pudo cruzar el Atlántico porque tuvo problemas con el motor cuando estuvo en Canarias, y después recayó en el cáncer, volvió, y ahora me dice que este otoño va a volver a intentarlo, si puede. Sé que no es una anécdota, pero en la vida pasan cosas y esta es muy grande. No sé si la vida es una suma de anécdotas, pero experiencias, las que quieras. Y, en teatro, me han pasado mil historias. Desde quedarte en blanco en el escenario, algo tan humano, ¿por qué lo escondes y no lo compartes? si puede surgir un momento mágico de complicidad, en el que el público te comprende porque nos ha pasado a todos. Volviendo a El foraster, en el que llevo 80 programas hablando de la vida, han sido 7 años en los que he casado a gente que se ha declarado en el programa y me han pedido que lo haga formalmente después, ha fallecido gente de la que he ido a sus funerales… va más allá de un programa de televisión. Estás hablando de la vida, lo grabamos y lo compartimos.

Bona Gent es una obra de teatro, que tú mismo protagonizas, resultado de dar a conocer historias que homenajean al público, el cual se convierte en el protagonista del show. El relato de una mujer que acudió a tu anterior espectáculo con su hijo, te conmovió e hizo que empezaras a darle vueltas a lo que sería tu actual obra. ¿Podrías aclarar lo que ocurrió y cómo te sentiste?

Antes de Bona gent, hice un espectáculo que se llamaba Temps, guionada al 100%. La historia de una persona a la que le acababan de anunciar que le quedaba una hora y media de vida. Conforme avanzaba la obra, la gente podía ver que le quedaba menos tiempo de vida; una tragicomedia. Y, una vez, fui a Lleida y, después de la actuación, siempre hay gente que te espera para saludarte, y me encanta conocer al público. Y, entre esa gente, había una mujer con su hijo que me comentó que hacía un mes había muerto su marido, de repente, por un infarto. Me contó que su marido había salido sin DNI ni cartera, solo algo de dinero. Y, en el hospital, no podían identificarlo para avisar a la familia. Y me comentó que la única pista que tuvieron fueron dos entradas que llevaba en la americana para venir a verme a mí. Y esas dos entradas fueron las que utilizaron ella y su hijo para venir a verme. A mí me conmovió mucho. Ella no sabía que había comprado las entradas, así que creía que era una sorpresa que le quería hacer. Y, volviendo a casa después, pensé en la cantidad de historias que había entre el público que la gente desconocía. Hubiese sido muy bonito contar lo que había pasado en el teatro, pero el público no lo supo. Me quedé pensando: ¿quién viene a verme a mí?, porque no se ve al público en la oscuridad. Si hay mil personas, hay mil historias. Y pensé que quería conocer a quien venía a verme, arriesgarme. Que el escenario no sea solo donde están los actores y las actrices, sino todo el teatro. Vamos a compartir historias, sean las que sean. Y, de paso, Bona gent es un homenaje al público. Sin público, no hay teatro. Ahora no hay teatro porque no puede haber público. Así que es un homenaje a ellos, y también el poder conocer historias como esta que me pasó y no pude compartir porque me lo contó cuando la función ya había finalizado. Bona gent lleva 150 funciones, y es maravilloso. Tanto aquí como en El foraster, y gracias a generosidad de la gente, me han pasado cosas fantásticas. Desde una chica, en el Capitol de Barcelona, que nos contó que estaba sin trabajo y un señor de otra butaca le ofreció trabajo; o un chico que le pidió matrimonio ante 500 personas; o una señora, que era la primera vez que iba al teatro sola porque siempre iba acompañada de su marido, pero ese día jugaba el Barça, y ella no quiso quedarse en casa solo porque hicieran futbol ese día… ella hablaba de salir sola de casa como un acto de valentía. Bona gent es esto, no sabes nunca qué pasará, el azar otra vez. La verdad, de nuevo de por medio, junto a los ingredientes que yo utilizo: generosidad, gente, aprender, compartir… la suma de todo esto te da ese resultado. Siempre hay cosas a contar, y no hace falta que sean grandes historias. Pensamos que lo nuestro no interesa a nadie, y eso es mentira.

La marató del año pasado ha conseguido reunir 9.404.256€, el cuarto marcador más elevado de los 28 años de historia del programa. ¿Qué valoración haces de la gran cantidad de dinero que se recauda, año tras año, para situaciones tan necesarias?

Lo de La marató de TV3 es un milagro, ¡es una pasada! Catalunya tiene una población de 7 millones y medio de habitantes y, en un solo día, somos capaces de recaudar 9 millones y medio de euros. Otra vez, aparecen cosas de ‘verdad’, del poder de la gente. La marató de 2019 se dedicó a las enfermedades minoritarias que, desgraciadamente, cuesta mucho que haya un marcador muy elevado porque las personas somos así; cuando está dedicada a enfermedades más comunes, que pueden ser más allegadas a ti o a tu entorno, la gente siempre se entrega más y hay marcadores más elevados. A pesar de ello, aunque estas afecten a poca gente, la suma de esa poca gente es mucha gente, y conseguimos ese gran resultado.

De todas formas, no creo que el número final sea lo más importante. La marató es la entrega colectiva, la suma de infinidad de actos que se hace en la gran mayoría de pueblos de un país por un objetivo común, que es la investigación médica. También, me acuerdo cuando, en 2014, presenté La marató con Mònica Terribas y vino una televisión de Dinamarca para ver cómo lo hacíamos, cómo montábamos este espectáculo, porque La marató es espectáculo. Yo hice 500 kilómetros en autocar yendo a Olot, a Tárrega, a Reus, al Poble Nou de Barcelona… ¡y es un programa de televisión! Lo que pasa es que detrás de este programa hay un objetivo, intentar que la investigación médica, que muchas veces está olvidada, y es muy importante que haya científicos y científicas investigando. ¿Qué hubiera pasado ahora si, en vez de la Administración poner el dinero que ponen en Investigación, pusieran mucho más? Igual ahora tendríamos una vacuna contra la Covid-19, no sé. La marató es una experiencia increíble, otra vez, ‘gente’, ‘historias’, ‘compartir’, ‘aprender’. Estamos ahí siempre, dando vueltas sobre lo mismo. Eso es La marató.

Quim Masferrer presentando ‘La marató’ en TV3.

Tengo una amiga, que se suma a tus seguidores, que te adora y le encanta cómo haces tu trabajo, pero también hay personas que han hecho crítica negativa del humor que utilizas. ¿Qué les dirías tanto a las personas que te admiran como a quienes critican tu humor?

El público es soberano. Creo que tiene que ser así. Lo que cuentas, o tu humor, no tiene por qué gustarle a todo el mundo, faltaría más. Si no, querría decir que el público es autómata y todos somos iguales. A mí, hay humoristas que me gustan y otros que no, estilos de humor que me gustan y otros que no… y eso pasa con todos los y las humoristas. Tiene que haber de todo. Es comprensible que haya gente que no le guste el humor que yo hago, y me gusta que sea así, porque eso es la diversidad. Para mí, es un hecho absolutamente normal, no me gustaría gustarle a todo el mundo. Seguramente, gustarle a todo el mundo sería una cosa muy plana, sin crítica… y cuando hay un poco de crítica, gustas a alguien y dejas de gustar a otro.

¿Cómo te ha afectado el coronavirus personalmente y profesionalmente?

Profesionalmente, y como a muchísima gente, ha hecho daño en la cultura, a los autónomos… pero sí es cierto que los teatros fueron lo primero que se cerró y, seguramente, lo último que se abrirá. Así que se ha parado, en seco, una gira muy chula con muchas poblaciones que, en la mayoría de ellas, las localidades ya estaban agotadas. Pero como a muchísima otra gente. Mi hermana, por ejemplo, lleva con el restaurante familiar cerrado desde el 13 de marzo y no saben cuándo van a volver a abrir. Además, hay gente que lo ha invertido todo en un negocio, que se han hipotecado, y, por nada del mundo, podían pensar que pasaría algo así. Así que a ver qué es lo que pasa.

Y, personalmente, he estado confinado con mi pareja y mi niña de 4 añitos en casa. Y pasan cosas dentro de ti, como pensar que, seguramente, el planeta nos está diciendo cosas y resulta que, en tan solo un mes confinados en casa, ha bajado la contaminación un 70% en las grandes ciudades, las aguas de los canales en Venecia están intactas… y te da a pensar que nos creemos que somos los putos amos y un puto virus, que es algo que no podemos ni ver, nos ha hecho una peineta a todos. También, he estado preocupado por la salud, con todo lo que está pasando, los dramas familiares que hay. Además, mis padres son mayores y no puedo ir a verlos por el contagio… hay muchas cosas que te dan a pensar, y no todas negativas. Porque, por ejemplo, estar en casa mucho tiempo con tu familia, con mi hija de 4 años… ahora estaría grabando El foraster, en estos momentos, y le estaba preparando diciéndole que papá estaría muchos días fuera, grabando. Y, ahora, ha sido todo lo contrario. De no vernos, a estar todo el día en casa haciendo de padre, ayudándole con los deberes, jugando… es una sensación extraña de la que estamos todos asustados, pero también hay cosas positivas. A ver si podemos sacar una lección de todo esto, y a ver si nos damos cuenta de que producir por encima de nuestras posibilidades, donde el objetivo es consumir y consumir, quizá hay un mensaje detrás de todo esto. Tenemos una oportunidad y la tenemos que aprovechar; cuando vuelva todo a la normalidad, podemos ser un poquito diferentes todos. Al igual que yo aprendo de las personas cuando hablo con ellas, aprender de esta situación.

Hemos podido ver cómo te has posicionado políticamente. ¿Crees que eso ha podido repercutir a cerrarte puertas en cuanto a lo profesional?

Sí, seguro. Antes hablábamos de que hay gente a la que no le gusta lo que haces, y esto es muy parejo. A mí, lo que me gusta de mi trabajo es la libertad de los escenarios. Y de esta libertad no puedo renunciar fuera de los escenarios. Es lo que yo pienso, es mi ideología. Y castrarme, en este sentido, para mí sería coartar mi libertad. Es lo que yo pienso, y respeto cualquier opinión, faltaría más. Las personas somos diversas y plurales, diferentes. Seguramente, el motivo por el que me dedico a este trabajo es la libertad escénica de contar historias. Y sin la libertad, renunciaría a ello. ¿Y eso me cierra puertas? Sí, claro. Pero la vida es así, y es triste. Mi mayor referente en el mundo del teatro es Albert Boadella y es de Ciudadanos, un artista español que su ideología dista mucho de la mía. Y, no por eso, va a dejar de ser mi mayor referente. ¡He aprendido tantísimo de Els Joglars, de Albert Boadella! A mí me fascinó cuando, con 16 añitos, vi su espectáculo ‘El Nacional’ en el Teatro Municipal de Girona. Ahí dije: “Quiero dedicarme a esto”. Y te estoy hablando de una persona que, ideológicamente, no tenemos nada que ver. Pero su arte me ha cautivado de por vida. Y eso quiere decir que, independientemente de lo que piensan las personas, por encima está la admiración a sus trabajos. Y me gustaría llegar al momento en el que nadie dejara de contratar a nadie porque ideológicamente piense diferente a la persona que le contrata. Por ejemplo, que ningún ayuntamiento independentista deje de contratar a ningún artista que no lo sea, por el simple hecho de no serlo. Estamos hablando de arte. Y que ningún ayuntamiento unionista, deje de contratar a alguien que sea independentista. Por favor, estamos hablando de arte, de sensaciones, de emocionarnos. Yo me emociono con Els Joglars, me emociono con el flamenco… precisamente, lo que nos hace humanos son nuestras diferencias ideológicas. Por tanto, ¿que me haya pronunciado ideológicamente me cierra puertas? Sí, pero no podría hacerlo de otra forma.

Y, para finalizar la entrevista, ¿qué te parecen las medidas que se están tomando con relación al coronavirus?

Ante esta pregunta, haría una cosa que detesto, y es cuando escucho tertulias de gente que entienden de todo. Yo pongo la radio y el mismo tertuliano está hablando de aeronáutica, como si fuera especialista, y el día anterior estaba hablando de sanidad, y hace dos días de futbol. No puede ser que todo el mundo entienda de todo. Y nos pasa muy a menudo. Hay muchas tertulias en las que los tertulianos y tertulianas tienen un poder sobrenatural y son especialistas en todo, y han estudiado todas las carreras del mundo. Y nunca utilizan el: “ostia, no lo sé”. Siempre tienen que quedar bien y dar la sensación de que entienden de todo. Así que ante tu pregunta, David, no lo sé. No lo sé. No lo sé porque no entiendo de sanidad. Lo que sí sé es que a veces hay cosas que son más de opinión. No entiendo por qué las ruedas de prensa la dan militares, no entiendo por qué si es un problema médico y sanitario. ¿Por qué hablan de guerra?, ¿qué guerra? Si es la naturaleza, es un problema sanitario. Tengo dudas de estas cositas, preguntas que, ante esto, quiero utilizar esta frase que me encanta, y creo que se debería utilizar más a menudo: “Ante tu pregunta, no lo sé”.

Deja un comentario