ENTREVISTA | Belén Orihuela (‘La zapatera prodigiosa’ / Karpas Teatro): «Puede parecer que «La zapatera prodigiosa» está pasada de moda, pero sigue muy vigente. El público sale entusiasmado del teatro»

Belén Orihuela se encuentra actualmente trabajando en La zapatera prodigiosa (Teatro Pavón de Madrid), el espectacular y exitoso montaje de José Maya que combina el texto de Federico García Lorca con música y baile en directo. Igualmente, podemos verla semana a semana en Karpas Teatro, interpretando textos clásicos tan diversos como Bodas de sangre, Melocotón en almíbar y Ha llegado un inspector.

En esta entrevista, la intérprete manchega nos habla de su larga vinculación con la reconocida sala madrileña, su participación en la farsa del inmortal autor granadino, y sus próximos proyectos.

¿Cómo comenzaste en el mundo de la interpretación?

Yo lo tenía clarísimo. Yo bailaba flamenco desde los cuatro años, y tuve la suerte de que mi madre nos apuntara a clases, a mi hermana y a mí. Yo fui por el lado español, de flamenco, sevillanas, también danzas manchegas… y por el otro lado, hacía deporte, como mi otra hermana, así que tenía las dos cosas. Con el baile, me daba cuenta de que yo estaba a gusto en el escenario. Teníamos, además, la suerte de que íbamos de gira por muchos lugares. Luego, en la clase de manchegas, había dos chicos que daban clases de teatro los sábados en su casa, y yo, como me apuntaba a todo, comencé a ir. En el colegio y el instituto también hice teatro, y sobre todo me formé en los talleres de Algarabía Teatro, que es una compañía manchega muy reconocida.

Te has formado en la ESAD de Córdoba y con maestros como Pablo Messiez, Nuria Espert o Juan Diego. ¿Cómo de importante es esa formación para ti cuando subes al escenario?

Yo creo que cualquier actor o cualquier actriz debe formarse, sin duda. Ahora hay multitud de escuelas, tanto públicas como privadas, que ofrecen una formación muy completa. En nuestra profesión es fundamental formarse, y reciclarse. Hay muchas cosas que cambian y evolucionan, y es importante volver a hacer cursos y no dejar de aprender. Yo aprendo de cada ensayo, cada función y cada curso.

Estás ahora en el Teatro Pavón representando, por segunda temporada consecutiva, La zapatera prodigiosa, un montaje de muchísimo éxito.

Es increíble, sí, está gustando muchísimo. El público sale entusiasmado de la función. Yo he hecho mucho Lorca, pero justamente este texto nunca lo había trabajado. De hecho, hacía muchos años que no se montaba. Creo que desde 1994, o así, por lo que no sabíamos cómo iba a reaccionar el público. José Maya, nuestro director, ha hecho una versión maravillosa con la que la gente se lo pasa muy bien. El público nos dice que no han parpadeado siquiera, porque hay baile, flamenco, música, y el texto de Lorca, que es estupendo, y sigue muy vigente, además. Puede parecer que La zapatera prodigiosa está pasada de moda, pero en absoluto.

Belén Orihuela, caracterizada para «La zapatera prodigiosa» (fotografía cedida por la actriz)

¿Cómo llegas a La zapatera prodigiosa?

Coincidí con Pepe haciendo el Tenorio en Alcalá, y supongo que debí gustarle como actriz, y justo hace un año me llamó para comentarme que tenía este proyecto y si me apetecería participar, y por supuesto le dije que sí.

Como dices, es un montaje con mucha música y mucho baile. ¿Cómo fueron los ensayos?

Para mí fueron una maravilla. Yo he bailado flamenco mucho tiempo, pero ahora lo tenía abandonado, y para mí fue un regalo que José Maya, el bailaor, que es sobrino de Pepe (nuestro director) hiciera las coreografías y poder reencontrarme con el flamenco, y poder volver a bailar profesionalmente de nuevo. Ha sido como asistir a una masterclass. Yo disfruto muchísimo con esta función. Y, además, poder hacerla en un teatro como el Pavón, tan icónico, que además ha cumplido cien años esta temporada, y realmente es un lugar mágico.

Entrando en tu colaboración con Karpas Teatro, ¿cuándo llegaste tú a la sala?

Yo entré en 2004, cuando todavía Karpas era también una escuela, en su último año de docencia. Hice un cásting para un montaje de La casa de Bernarda Alba, y comencé interpretando a Magdalena, pero a la semana empecé a hacer a Adela también, para cubrir a una compañera que comenzaba un trabajo en el Español. Luego ya pasé a interpretar a Poncia, ahora a Bernarda… todo (risas).

¿Cuál es el secreto del éxito de Karpas en la escena de Madrid?

Nosotros sobrevivimos temporada a temporada gracias a ese público fiel que viene a ver todo lo que hacemos. Es cierto que también tenemos una campaña escolar muy fuerte, pero la base es siempre ese público que vuelve una y otra vez a vernos, siempre. Además, hasta hace bien poco, nosotros no teníamos ni redes ni nada, con lo que el efecto era totalmente el del boca a boca. Además, el público, cuando entra en la sala, la percibe como un espacio muy bonito, muy mágico. También mis compañeros son maravillosos. He tenido la suerte de rodearme de actores maravillosos, de los que aprendo cada día. Hay mucha calidad actoral en Karpas.

Una de las cosas que definen a Karpas es esa capacidad para cambiar, en muy poco tiempo, de una tragedia a una comedia, cuando hacéis varias funciones en el mismo día. ¿Cómo trabajáis esa concentración?

Nuestro ritmo es trepidante. En campaña escolar hacemos dos funciones por la mañana, de martes a viernes. Intentamos que sean de la misma obra, pero claro, no siempre es posible, y luego aquí en la sala, como tú dices, pasamos de la tragedia a la comedia en apenas media hora de preparación. Esto es oficio, y nosotros tenemos esa preparación ya incorporada, por muchos años haciéndola, y para nosotros es sencillo.

Belén Orihuela como la Madre en «Bodas de Sangre» (fotografía y cartel de Luis Burgaz)

Además, en un espacio tan íntimo como esta sala, notáis muchísimo más esa comunión con el público, que hace posible cada función.

Sí, tanto en comedia, cuando el público se ríe, como en el drama, cuando el silencio se corta, o es incómodo, o significa “me estoy aburriendo”. Se nota absolutamente todo. Pasa poco, pero a veces pasa, que el público está “pintado”, absolutamente inmóvil, tanto para comedia como para drama. Es verdad que es distinto de un teatro grande, en el que la energía, tanto del público como actoral, puede ser muy diferente. Aquí, por ejemplo, nos podemos permitir el lujo de susurrar, pero claro, también escuchamos hasta al último espectador si dice algo, si está inquieto, si se mueve mucho en la butaca… esta sala tiene su encanto también por esto. Es lo maravilloso del teatro: al ser en directo, pasa de todo.

Vosotros, además, en la sala, trabajáis vuestro propio vestuario y decorados, vuestro sonido, vuestra iluminación…

Sí, así es. La música, desde hace años, la hace Rubén Berraquero, que es un músico excelente, y fue candidato a los Premios Max en 2023 por su composición para El amor enamorado. La parte de escenografía y vestuario siempre la hace nuestro compañero Alberto Romo, que es un profesional y ha estudiado para ello, pero sí, toda la parte de sonido e iluminación la llevamos también nosotros. Respetando muchísimo, por supuesto, el trabajo de los técnicos de luces y sonido, que es importantísimo, pero aquí en la sala, por sus características, es verdad que hacemos nosotros el diseño para cada montaje.

En Bodas de sangre, interpretas a la Madre del Novio, un personaje que, a pesar de tener unas características que ahora la sociedad rechaza, sigue llegando al público. ¿Qué es lo más difícil de interpretarla?

Sí, es una mujer machista. Y estas mujeres siguen existiendo. La primera vez que yo hice este personaje fue en 2005, y además lo tuve que preparar en apenas dos semanas. Después lo hemos hecho en 2009, 2015, y ahora otra vez. Este es un montaje nuevo, en el que ha cambiado la música, entre otras cosas, pero yo a este personaje lo entendí desde el principio y lo entiendo ahora, porque existen las mujeres machistas. Entiendo el drama que vive esta mujer, también, entiendo su miedo, la sobreprotección que tiene con su hijo, porque ya ha perdido a su marido y a su otro hijo. De hecho, al final, esta mujer descansa. Vemos que descansa, por fin. A ella la habían educado así, porque así eran las cosas hace cien años, y es una brutalidad todo lo que ocurre y lo que hacen los personajes. Lo bonito de la obra es que los personajes están tan bien dibujados, todos ellos… la Madre no existiría sin el hijo, pero tampoco sin Leonardo, aunque no crucen una palabra… es una barbaridad de obra. Está todo en el texto, no hay que apretar nada. Es hermosísimo.

En Melocotón en almíbar interpretas a Doña Pilar, un personaje muy divertido. ¿Cómo es esta mujer?

Cada vez que hacemos Melocotón en almíbar nos lo pasamos pipa. Nos cansamos mucho, también, porque el ritmo es trepidante y todo tiene que funcionar como un reloj, pero disfrutamos muchísimo. Y Doña Pilar es maravillosa. Normalmente, siempre se representa como una vecina viejecita, pero a mí me parecía que tenía mucha vitalidad. Ella entra, sale, está metida en todo… es una mujer cotilla, de la época, y a mí no me apetecía hacer una señora mayor, sino alguien que tenía mucha alegría.

¿El público tiene más ganas de comedia que nunca?

Melocotón en almíbar se montó por primera vez justo después de la pandemia, y decidimos hacerla porque era una comedia blanca, para todos los públicos. Si por algo se caracteriza Karpas es por fomentar el teatro entre los jóvenes, para que sean los espectadores del mañana, y lo hacemos a través de la campaña escolar, pero también aquí en la sala, con funciones que puedan ver los padres con los hijos. Hacer una comedia después de todo lo que habíamos pasado era lo que tocaba, sin duda. Es verdad que las tragedias en Karpas también funcionan muy bien, porque siempre escogemos títulos muy conocidos, pero las comedias tienen muy buena aceptación, desde luego.

Belén Orihuela es Sybil Birling en «Ha llegado un inspector» (fotografía de Luis Burgaz)

Por último, interpretas también a Sybil Birling en Ha llegado un inspector. ¿Cómo interpretas a esta mujer, que permanece impasible ante el drama que sucede en el seno de su familia?

Totalmente, ella no cambia. También porque hay una clase social, un estatus. En las clases sociales altas es muy difícil cambiar ciertas convenciones. Los jóvenes, en aquella época, estaban mucho más abiertos al cambio, pero los padres no. Además, los habían educado así y era muy difícil cambiar. Hoy en día no, por suerte. Vamos evolucionando, aunque quizás no todo lo que deberíamos, pero bueno, yo confío todavía en la sociedad (risas).

¿Cómo es ese público joven de hoy en día, al que vosotros veis de primera mano en la sala?

Pues hay un poco de todo. También te digo, y nosotros lo hablamos a menudo: así como es el profesor, suelen ser los alumnos. Si el profesor pasa de todo, los alumnos suelen ser iguales. A veces nos damos cuenta de que el profesor que los acompaña no les ha explicado que aquí vienen a ver un acto cultural, que es un espacio que hay que respetar, que tienen que comportarse de una cierta manera, que hay mucho trabajo detrás, que los actores se han preparado mucho… si no hay ese trabajo previo desde la clase, o desde casa, a veces nos encontramos incluso con faltas de respeto, pero debo decir que son las mínimas. En general, el comportamiento es muy bueno y nos muestran mucho interés, también en los coloquios posteriores. Creo que hay esperanza, sin duda. Ellos se dan cuenta de que esto no es cine, es teatro. Todo sucede en vivo, y ellos son parte imprescindible de lo que sucede. Si están atentos, es una experiencia muy positiva para todos. Yo aprendo mucho de los chavales. Siempre te sorprenden con alguna pregunta, o ves que se emocionan realmente, ¡y además te lo dicen aquí, delante de sus compañeros! Eso es muy bonito.

Así como el futuro de la sala de cine parece más incierto, o por lo menos se debate más sobre su supervivencia, ¿crees que el teatro siempre va a pervivir, precisamente por esa conexión entre las personas que mencionas, cuando nos reunimos todos en la sala para compartir una función?

Eso espero. Yo creo que sí, que esa conexión nunca va a morir, y siempre va a prevalecer. Cuando se inventó el cine lo decían, que era el fin del teatro, y por suerte no fue así. Claro que con una buena película te puedes emocionar, sin duda, pero siempre es la misma. En el teatro, cada función es diferente, y esa oportunidad de emocionarte en vivo, o de ver a los actores emocionarse… eso es único.

Belén Orihuela
(fotografía de Cristina de Pedro /cristinadepedro.com)

¿En qué otros proyectos te podremos ver próximamente?

Estoy haciendo un monólogo con la compañía de Blanca Marsillach, que se titula Te lo dedico, y habla sobre el acoso a la mujer. Trata sobre una actriz que está nominada al Goya, y esa noche, cuando se está preparando para acudir a la gala, recuerda una experiencia muy desagradable que ha vivido. Después del monólogo, además, hacemos un taller sobre este tema, por desgracia tan vigente en todas las profesiones, pero también en la actoral, desde luego. Estrenamos el año pasado en el Echegaray de Málaga, y ahora lo haremos en el Teatro Moderno de Guadalajara, y también iré a Jerez, y ojalá que muchos sitios más.

En diciembre, estaré de nuevo en Cuento de Navidad, una función preciosa que ya hemos interpretado durante varios años, y estas fiestas la haremos en el Teatro Maravillas.

Como actriz, ¿tienes algún sueño por cumplir, o algún objetivo concreto?

¿Sabes qué pasa? Yo intento vivir al día, y por ello no me gusta mucho hacerme expectativas. Así que te diría que mi sueño es poder seguir viviendo de mi profesión. Hace muchos años que lo hago, y es lo que más deseo. Por ejemplo, hace unos años tuve la suerte de poder trabajar con Ana Belén en Romeo y Julieta despiertan, y eso fue un regalo absolutamente inesperado. Además, yo me llamo Ana Belén por ella, así que imagínate (risas). Para mí, el regalo es trabajar, y recibir todo lo bueno que venga.


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